De Amsterdam al cielo
Pacopepes, con la notable ausencia de Santi, pero con acompañantes cualificados, se entrega a la perversión en seis días inolvidables
«Las 12:30 de la noche era la hora fijada por los pacopepes Mañé, Killo y Borja, junto a Pelu y Pelonardo para partir en busca de una experiencia sin igual.
Ya en la Estación de Autobuses, el comienzo de la aventura no pudo ser más prometedor: durante la espera, nuestra mirada se dirigió a una esquina, en la que pacientemente aguardaba el auténtico, el único, el inigualable Paco Pepe (don Francisco José Zamora Salamanca), acompañando a su hijo (quien, caprichos del destino, también eligió Ámsterdam) antes de la llegada del autobús que nos dejaría en Madrid. El gesto de incredulidad de los 3 jugadores rositas no se puede explicar con palabras: encontrar al presidente y auténtico valedor del mito pacopepero en aquel enclave provocó en ellos una honda emoción. La cosa comenzaba bien.
El viaje hasta Madrid trascurrió sin novedades: Pelu fue contando sus últimas comedias mujeriles (La brasileña y las zarzas) y el siempre agradecido gracejo de Killo ayudó para no caer en brazos de Morfeo.
Ya en el aeropuerto, entre partidas de mus (de las que Mañé y Borja resultaron indiscutibles vencedores) y latas de cerveza por doquier, los 5 aventureros amenizaron una espera de alrededor de 4 horas.
Curiosos fueron los instantes previos al momento del embarque: casi todas las maletas sobrepasaban el peso reglamentario, por lo que hubo que hacer encaje de bolillos para que todo llegase intacto a la capital holandesa.
Con la presencia de la Saeta madridista de fondo, nuestro modesto Ryanair se dispuso a surcar los cielos europeos hasta alcanzar la maldita y nunca suficientemente despreciada ciudad de Eindhoven. Desde allí, un vetusto autobús nos condujo hasta nuestro destino: Amsterdam. En la hora y media de camino, ya pudimos percatarnos de que estábamos ante otra cultura, de que no había comparaciones posibles con España.
Toma de contacto
Después de obtener mapas a color gratuitos de la ciudad, un tranvía (que, inconscientes de nosotros, pagamos religiosamente) nos dejó en las proximidades del Hotel Sphinx.
Al entrar, la imagen no pudo ser más desoladora: con chinos como huéspedes, nuestra habitación se encontraba en el tercer piso. Ahora bien, el grado de empinamiento de las escaleras no era ni medio normal, un desnivel que ya quisieran para sí las montañas más afamadas, por las que trascurren las principales pruebas ciclistas del calendario internacional.
Salvado ese escollo, tras encontrar un supermercado decente y asequible y comer de bocadillos, las 15:30 fue la hora fijada para comenzar con nuestro principal propósito: la droga. El Bulldog tuvo el privilegio de contar con nuestra presencia.
Ya desde el principio, todos supimos elogiar la tremenda habilidad de Pelonardo para “liar mierda”, bien secundado por un laborioso Killo.
Dos horas después (con una fumada ciertamente importante), los 5 nos dispusimos a probar la tan mencionada magdalena de marihuana. Una hora después de su ingesta, todos comenzamos a rajar de la susodicha magdalena, pues sus efectos no se hacían notar en absoluto.
En estas estábamos, cuando decidimos regresar al hostal, pues Negro y Seno estaban a punto de unirse al grupo. Sabia decisión la de encerrarnos: Killo, Borja, Pelonardo y Pelu experimentaron un coloco digno de mención.
El punto álgido de la tarde llegó cuando Borja afirmaba obstinadamente que en el colchón de encima de su litera había un señor ondeando la bandera de Francia. A tal comedia, asistía con estupor un Mañé, cuyo estado no se vio afectado por la dichosa magdalena...».
«Las 12:30 de la noche era la hora fijada por los pacopepes Mañé, Killo y Borja, junto a Pelu y Pelonardo para partir en busca de una experiencia sin igual.Ya en la Estación de Autobuses, el comienzo de la aventura no pudo ser más prometedor: durante la espera, nuestra mirada se dirigió a una esquina, en la que pacientemente aguardaba el auténtico, el único, el inigualable Paco Pepe (don Francisco José Zamora Salamanca), acompañando a su hijo (quien, caprichos del destino, también eligió Ámsterdam) antes de la llegada del autobús que nos dejaría en Madrid. El gesto de incredulidad de los 3 jugadores rositas no se puede explicar con palabras: encontrar al presidente y auténtico valedor del mito pacopepero en aquel enclave provocó en ellos una honda emoción. La cosa comenzaba bien.
El viaje hasta Madrid trascurrió sin novedades: Pelu fue contando sus últimas comedias mujeriles (La brasileña y las zarzas) y el siempre agradecido gracejo de Killo ayudó para no caer en brazos de Morfeo.
Ya en el aeropuerto, entre partidas de mus (de las que Mañé y Borja resultaron indiscutibles vencedores) y latas de cerveza por doquier, los 5 aventureros amenizaron una espera de alrededor de 4 horas.
Curiosos fueron los instantes previos al momento del embarque: casi todas las maletas sobrepasaban el peso reglamentario, por lo que hubo que hacer encaje de bolillos para que todo llegase intacto a la capital holandesa.
Con la presencia de la Saeta madridista de fondo, nuestro modesto Ryanair se dispuso a surcar los cielos europeos hasta alcanzar la maldita y nunca suficientemente despreciada ciudad de Eindhoven. Desde allí, un vetusto autobús nos condujo hasta nuestro destino: Amsterdam. En la hora y media de camino, ya pudimos percatarnos de que estábamos ante otra cultura, de que no había comparaciones posibles con España.
Toma de contacto
Después de obtener mapas a color gratuitos de la ciudad, un tranvía (que, inconscientes de nosotros, pagamos religiosamente) nos dejó en las proximidades del Hotel Sphinx.Al entrar, la imagen no pudo ser más desoladora: con chinos como huéspedes, nuestra habitación se encontraba en el tercer piso. Ahora bien, el grado de empinamiento de las escaleras no era ni medio normal, un desnivel que ya quisieran para sí las montañas más afamadas, por las que trascurren las principales pruebas ciclistas del calendario internacional.
Salvado ese escollo, tras encontrar un supermercado decente y asequible y comer de bocadillos, las 15:30 fue la hora fijada para comenzar con nuestro principal propósito: la droga. El Bulldog tuvo el privilegio de contar con nuestra presencia.
Ya desde el principio, todos supimos elogiar la tremenda habilidad de Pelonardo para “liar mierda”, bien secundado por un laborioso Killo.
Dos horas después (con una fumada ciertamente importante), los 5 nos dispusimos a probar la tan mencionada magdalena de marihuana. Una hora después de su ingesta, todos comenzamos a rajar de la susodicha magdalena, pues sus efectos no se hacían notar en absoluto.
En estas estábamos, cuando decidimos regresar al hostal, pues Negro y Seno estaban a punto de unirse al grupo. Sabia decisión la de encerrarnos: Killo, Borja, Pelonardo y Pelu experimentaron un coloco digno de mención.
El punto álgido de la tarde llegó cuando Borja afirmaba obstinadamente que en el colchón de encima de su litera había un señor ondeando la bandera de Francia. A tal comedia, asistía con estupor un Mañé, cuyo estado no se vio afectado por la dichosa magdalena...».
Borja de Blas | Amsterdam
NOTICIAS RELACIONADAS










